"El 11 de septiembre 
y Osama Ben Laden"

por Santiago Vázquez

(18. 1. 2002)


¿Quién no va a recordar para el resto de su vida el 11 de septiembre de 2001?

Nos han dicho, según fuentes oficiales, que en tan brutal atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York perecieron cerca de tres mil personas. Una cifra que, ya de por sí, nos pone los pelos de punta y nos sobrecoge, pero, a buen seguro, que murieron muchas más. Quizás cuatro mil, cinco mil, seis mil... Quién sabe...

A esa hora de la mañana, cuando impactaron los dos aviones –con una diferencia de unos minutos entre ambas explosiones-, había en el interior de las Torres Gemelas miles de personas trabajando, en su gran mayoría, en sus oficinas y despachos.

Las imágenes que llegaban a todas las televisiones del mundo nos mostraban cómo habían impactado los dos aviones, las Torres ardiendo, personas pidiendo auxilio desde las ventanas y la caída al vacío de muchas de ellas. Aquellas imágenes sobrecogieron al mundo entero, dejándonos helado el corazón.

El fanatismo extremo, el querer imponer por la fuerza y con el terror el Islam como religión auténtica y verdadera, la cruel –yo diría la salvaje intolerancia y el extremismo de Osama Ben Laden y sus secuaces-, destrozaron, en aquel inolvidable 11 de septiembre de 2001, la vida de miles de personas y familias.

No sería justo, en este breve comentario que ampliaremos en otra ocasión, que nos olvidásemos de las otras víctimas: los damnificados y víctimas en Afganistán. Centenares de afganos murieron en los bombardeos de Estados Unidos.

Haciendo balance global de los fallecidos se puede afirmar que el delirio mesiánico y el desorbitado fanatismo de Ben Laden provocó la muerte de miles de seres humanos, entre los atentados contra los Estados Unidos y la “guerra” en Afganistán. ¿Y cuál es el resultado de todo ello?... Miles y miles de familias rotas por el dolor, la desgracia. Tal es la primitiva naturaleza del ser humano... Así es la vida, amigos. Ojalá y, algún día, el hombre cambie su corazón de piedra por uno de carne, sensible y compasivo.




© Santiago Vázquez