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"Sueños
de libertad"
por Aníbal
Otano
(17. 4. 2005)
Pese
a la aparente confusión, la vida es simple, maravillosa y si no fuese por
el gran malentendido reinante, todos disfrutaríamos del paraíso. Es que
sufrimos de amnesia, no recordamos nuestro origen divino, nuestro poder
creador. Soñamos la vida, no la vivimos, nos dejamos llevar creyendo
tener algún control y si el sueño se transforma en pesadilla, deseamos
terminarlo como sea. Bajo estas condiciones, la verdadera libertad es una
ilusión, no somos libres sino prisioneros de los pensamientos, el deseo y
el apego a nuestro acervo intelectual, a los afectos y las posesiones de
toda índole. Vivimos en libertad condicional desde el momento en que
aterrizamos en este hermoso planeta porque estamos obligados a ganarnos la
vida. En lugar de libertad deberíamos hablar de grado de dependencia
porque la libertad real, como el Amor, es una, ilimitada e incondicional.
Cuanto menor el grado de dependencia más cerca de la libertad real. El
camino hacia la libertad es un camino individual que se expande
indefinidamente a medida que lo transitamos, hay tantos caminos como
personas y tan distintos como sus huellas dactilares. Siempre podemos ser
más libres de lo que creemos ser. De acuerdo al punto del trayecto donde
nos encontremos será el concepto que tengamos de la vida e,
inevitablemente, para que el avance sea genuino, habrá que soltar todas
las amarras manifestadas como apegos. Para encontrar la senda que conduce
a la libertad, primero hay que reconocer que no somos libres aunque
creamos lo contrario. No lo somos, entre muchas otras cosas, porque nos
aferramos a formas de pensar, a objetos o personas y fundamentalmente
porque deseamos y tememos. Elegimos voluntariamente encadenarnos a
pensamientos, sentimientos o supuestas posesiones buscando una ilusoria
seguridad. Tejemos nuestra propia telaraña y somos víctimas de ella. La
ilusión de que somos libres es paralela a la ilusión de que estamos
despiertos. Creemos estar bien despiertos a pesar de que dormimos
profundamente, no nos damos cuenta pero estamos soñando la vida, corremos
y no pensamos adónde, acumulamos sin saber para qué, tenemos un nombre
pero no sabemos quiénes somos, miramos el cielo en las noches y no nos
preguntamos dónde estamos ni cómo llegamos y cuándo o adónde iremos.
Evadimos estas preguntas porque sus respuestas, probablemente, demuestren
que hemos transitado un camino equivocado si de encontrar la senda de la
libertad se trata. Somos prisioneros del temor que habita en nosotros y
pretendemos que vivir es
recorrer mil kilómetros en círculos en lugar de un metro en la dirección
correcta. Así pasamos la mayor parte de la vida, dando vueltas, creyendo
que hacemos muchas cosas y asumiendo que vivimos por el simple hecho de
que nos movemos cuando, en realidad, estamos siempre en el mismo punto.
En los dominios del
tiempo, donde estamos ahora mismo, reside sólo una parte de nuestro Ser,
la parte material, esta forma que llamamos humana y convinimos en llamar
Hombre. Este aspecto, con el que solemos identificarnos tanto, es sólo
una fracción de nuestra individualidad porque hay también en nosotros un
Hombre emocional y otro Hombre mental cada cual con sus necesidades y
tendencias. Podríamos decir que manejamos tres cuerpos, cada uno de los
cuales actúa en una dimensión de vida específica. Los manejamos, no
somos esos cuerpos tal como sugiere nuestro profundo sueño. Usamos el
cuerpo mental para pensar e imaginar, el cuerpo emocional para expresar o
evaluar sentimientos, y el físico para interactuar con la materia. Aunque
los describimos funcionalmente, en realidad estos cuerpos se aglutinan,
interactúan entre sí y conforman el ego y la personalidad. El Yo real,
siempre indemne, la inteligencia capaz de discernir, la que presta atención
a uno u otro cuerpo y luego interpreta, decide y se expresa por su
intermedio, está más allá de ellos. Ese Yo real eres Tú mismo, soy Yo
mismo y de acuerdo a la habilidad con que nos expresemos a través de los
cuerpos, nuestros semejantes nos etiquetarán con distintos atributos:
sensibles, torpes, aburridos, cordiales, inteligentes, insoportables y
todos los adjetivos que puedas concebir. Esto no significa que haya Seres
más inteligentes que otros, todos tenemos el mismo grado de inteligencia,
lo que difiere es la manera en que manifestamos esa inteligencia en los
diferentes niveles existenciales. Por eso hablamos de inteligencia a secas
refiriéndonos a la destreza mental, inteligencia emocional a la forma de
manejar los sentimientos e inteligencia cerebral a los reflejos, la
capacidad gestual y a las aptitudes físicas entre otras cosas. En esencia
somos todos idénticos pero no percibimos que estamos haciendo una
experiencia multidimensional, es decir, en varias dimensiones simultáneamente
y esto, en buena medida, da origen a la confusión y las desavenencias que
nos separan. Nos olvidamos de nosotros mismos y nos identificamos con
nuestros cuerpos al punto de creer que somos un cuerpo, en otras palabras,
no somos conscientes de nosotros mismos, invertimos los roles, en lugar de
dar órdenes a los vehículos que manejamos, aceptamos órdenes de ellos,
otorgándoles poder. Así es
como asistimos a esta gran fiesta de disfraces donde cada cual interpreta
al personaje capaz de expresar con mayor fidelidad sus propias
debilidades, aquello que debe superar, para vivir en carne propia los
frutos de sus aciertos y errores. Nos relacionamos a través de estos
cuerpos, percibimos la realidad filtrada por ellos y dado que se trata de
entidades ficticias, nuestras relaciones se transforman en transacciones,
siempre hay un condicionamiento detrás de nuestras palabras, sentimientos
y acciones, siempre esperamos algo a cambio de lo que damos y si no lo
recibimos nos revelamos abiertamente o en silencio. Esta constante
expectativa de recibir es la causa de los malentendidos, pues la gran
mayoría espera que le den, una fracción esta dispuesta a dar lo que le
sobra y un insignificante porcentaje, quienes encontraron el camino hacia
su libertad, dan a manos llenas porque hallaron la Fuente de la abundancia
plena e ilimitada, sólo visible al cruzar el umbral de la personalidad.
Independientemente de lo que suceda a nuestros cuerpos como fruto de la
experiencia de vida, el Yo real, repito, Tú, quien interpreta esto que
lees, estás siempre bien, más allá de lo temporal. Es posible que esta
experiencia distribuida nos sirva, mediante el mecanismo de prueba-error,
para despertar e identificar el camino de retorno a la libertad real y
verdadera. Adoptamos ciertos pensamientos, seguimos la ruta que ellos nos
trazan y recogemos en la vida cotidiana las consecuencias de esa forma de
pensar. Si los resultados no nos agradan ya sabemos que debemos cambiar la
manera en que pensamos. Tan simple es cambiar nuestra vida por completo
como cambiar los pensamientos pero no lo hacemos, en general fingimos los
cambios para adaptarnos a las circunstancias que hemos creado. Preferimos
encarar los problemas y vivir en la mentira antes que admitir nuestro
error porque implica, la mayoría de las veces, empezar desde cero.
Creemos que vivir en la ficción es una alternativa válida cuando en
verdad es una pérdida de tiempo, ya que tarde
o temprano habrá que regresar a la senda correcta, nunca es demasiado
tarde porque encontrar ese camino personal hacia la libertad, despojándonos
voluntariamente de todo lastre, es el fundamento de la vida como seres
humanos. Quizás hayamos perdido la libertad en el momento mismo en que
hicimos mal uso de la libertad.
Ignoramos que el grado de dependencia cotidiano estriba exclusivamente en
las limitaciones en la manera de pensar. Alguien podría argüir que la
libertad es condicionada por las circunstancias pero las circunstancias
presentes las hemos creado con los pensamientos pasados, “...veo, al
final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio
destino...”, decía Amado Nervo.
Nadie puede concedernos la libertad, nadie puede hacernos felices, la
libertad es la causa y la felicidad consecuencia. La búsqueda de la
libertad es un proceso individual e intransferible. Creemos que alguien,
material o no, podría liberarnos de los problemas que enfrentamos, pero
si no hay cambios en nuestra forma de pensar, sentir, obrar, aunque ese
alguien nos diese un empujón, resolviendo nuestros asuntos, al poco
tiempo recrearíamos la situación inicial quizás con algún cambio en la
escenografía pero esencialmente los problemas serían los mismos que al
comienzo. Si creemos, por dar otro ejemplo, que la presencia de cierta
persona en nuestro mundo personal representa la felicidad, dependeremos de
esa persona y con ella se iría la felicidad al momento de alejarse de
nuestra vida. Podemos, en cambio, compartir la felicidad relativa que
hayamos logrado con quienes nos rodean, ese es el mejor regalo, genuino,
que podemos ofrecer; tan sencillo como un gesto amable, palabras sinceras
y limpias de cualquier interés, doble sentido o segundas intenciones. Si
esto suena a idealismo ingenuo es porque nuestros pensamientos actuales
distan demasiado de aquellos que dan origen a las acciones descriptas.
En los caminos de la libertad no hay atajos, hay obstáculos que nosotros
mismos ponemos allí y pretender evadirlos implica alejarse del verdadero
camino, equivale a perdernos, una vez más, en la oscuridad.
Aún con las limitaciones ya mencionadas, la libertad que tenemos es
suficiente para elegir, entre todos los posibles, aquel camino que conduce
a la libertad real.
Tal
como lo describe metafóricamente Platón en el mito de la caverna, ese
sendero es empinado y, por lo tanto, recorrerlo demanda un considerable
esfuerzo, el cual, en general, no estamos dispuestos a hacer. Optamos por
disfrazar la inercia con proyectos, pasiones o acciones fútiles,
preferimos gastar toda la energía acumulando el tiempo, es decir la vida,
en un banco o en cosas tangibles con la intención de asegurarnos el
futuro cuando, todos lo sabemos, el futuro está más allá del
confinamiento planetario. No trabajamos para el futuro real sino para las
dudas y temores que rigen nuestra vida.
El tránsito
de regreso a la libertad real es tan bello como solitario, nadie puede
recorrerlo por nosotros, es el único camino que sana, armoniza y donde la
vida cobra sentido, soñamos que lo recorremos mientras nos aferramos al
lastre que nos impide hacerlo.
Estamos
aquí para disfrutar la vida, el gozo nace del equilibrio que no por
coincidencia se manifiesta cuando estamos en la senda correcta, la que nos
lleva en el sentido de la libertad creciente, porque florece la armonía y
percibimos que realmente avanzamos, sentimos que hemos derrumbado los
muros interiores.
Son los pensamientos los que nos guían por la vida, sin embargo, a veces
percibimos que nuestra mente va por un lado y el deseo por otro, estos
desequilibrios crean tensión y tarde o temprano enfermedad. Estos mismos
desequilibrios se dan, por citar algún ejemplo evidente, en la mayoría
de las personas que alcanzan notoriedad pública, riqueza material y viven
solos en la multitud, carentes de afecto sincero, atados a un reloj y un
teléfono o, en la otra cara, en aquellos que tienen un rico mundo
afectivo y apenas sobreviven económicamente. Aunque se trata de ejemplos
extremos, ambos tienen como factor común la falta de tiempo; unos
preocupados por conservar lo que tienen, otros buscando la manera de
sobrevivir. Si no somos dueños de nuestro tiempo, no somos dueños de
nuestra propia vida, no somos libres como imaginamos, la libertad
verdadera pasa a ser un espejismo.
Dejando
de lado la perspectiva interna de la libertad y enfocando el aspecto
social es lógico esperar que las limitaciones individuales se proyecten
hacia lo colectivo, como mínimo esperamos de los demás lo mismo que
estamos dispuestos a dar. Bajo la óptica material los recursos parecen
limitados y, por ende, hay competencia para conseguirlos. Hay lucha para
vivir, así lo pensamos, así lo obtenemos, ya que la realidad sigue a la
forma de pensar. Nos acostumbramos tanto a ese juego que no concebimos que
pueda existir otra forma de vivir si no es con sacrificio y aunque no le
demos ese calificativo, vivir es sinónimo de esfuerzo para la gran mayoría
de las personas. Vivimos resignados y no lo sabemos, creemos que la vida
consiste en disfrutar lo que nos toque.
Los primeros obstáculos que enfrentamos, cuando pretendemos llevar
nuestros proyectos a la realidad material son: la obtención de recursos,
el conflicto de intereses, es decir, el conflicto con quienes se verían
afectados por nuestras decisiones y la competencia. Pareciera que no hay
lugar para todos y también que todo ya ha sido inventado. Obviamente no
es así, esa impresión depende de las limitaciones internas de cada uno,
de la libertad con que pensemos. En realidad hay lugar y oportunidad para
que todos podamos plasmar nuestras ideas, hay recursos por doquier pero no
los vemos porque no creemos o no imaginamos que los haya. Desde la gestación
del proyecto personal restringimos nosotros mismos lo que podemos y lo que
no podemos hacer. El siguiente paso es adaptar nuestra iniciativa a las
normas sociales y en muchos casos enfrentarnos a las reglas no escritas
pero vigentes del poder establecido que busca proteger intereses
sectoriales en desmedro de la iniciativa privada. Hay que disponer de un
enorme caudal de energía, coraje y perseverancia para eludir esta
gigantesca maquinaria anquilosada en
el poder oficial o no. Concretar un proyecto, sea humilde o de gran
magnitud, es una tarea para valientes pues implica vencer los temores
propios, sobre todo al fracaso, y enfrentar la mediocridad de quienes
sistemáticamente oponen resistencia al avance de la creatividad.
Bien sabido es que no sólo en el presente sino en toda la historia
humana, la ambición por el poder ya sea político, económico e incluso
el poder espiritual ha cercenado la libertad individual a través de la
fuerza, la intimidación o la tergiversación de la información de manera
directa o sutil. Hoy, en la era de la información, casi podríamos decir
que los medios de comunicación masiva manipulan desde una consola el
subconsciente colectivo a través de poderosas sugestiones subliminales.
Toda creación humana, salvo contadas y honrosas excepciones, está teñida
con los colores de la ambición; económica, de poder, fama, prestigio o
cuando menos de trascendencia. Mientras haya ambición habrá conflicto
con todo aquello que se interponga en el camino de lo ambicionado. La
tecnología no es una excepción, por el contrario es uno de los campos
donde la ambición se manifiesta de forma más evidente, ya que es el
medio por excelencia para acceder o controlar al poder. La ambición nos
aleja del camino que conduce a la libertad real y nos hunde todavía más
en la ilusión de libertad, aquella que creemos que nos da el dinero, por
ejemplo. La ambición es consecuencia del deseo y, por lo tanto, inherente
a la naturaleza humana.
En
nombre de la libertad se han dicho y hecho muchas cosas, se han liberado
pueblos que tiempo después descubrieron estar en manos no menos déspotas
o corruptas que las anteriores. Hemos luchado entre nosotros en
incontables batallas, unos creyendo defenderse del invasor y otros
creyendo liberar al oprimido. El camino a la libertad real jamás es
violento porque la libertad no se puede imponer y porque donde no hay paz
hay inestabilidad y temor a las represalias. El proceso de cambio a un
grado de libertad mayor es gradual y toma tiempo, las revoluciones lo son
en apariencia ya que no pueden cambiar a los individuos, sólo someterlos
a sus reglas hasta que se manifieste la reacción inexorable.
Quizás hayamos necesitado de tanta guerra cruel e irracional sólo
para ver con nuestros propios ojos la
incoherencia entre lo que proclamamos y lo que hacemos o para vivir fuera
de nosotros la violencia y el odio que hay dentro de nosotros mismos y
tener la oportunidad de arrepentirnos. Después de todo, muy poco hemos
cambiado en los últimos diez mil años, cuando vivíamos en cavernas,
nuestro arte era rupestre y cazábamos con un mazo, ahora nos organizamos
y compramos los pedacitos de animales en el supermercado. Al menos antes
teníamos contacto permanente con la sabiduría de la Naturaleza aunque
cumpliéramos el ciclo terrestre en treinta años en lugar de los setenta
y pico que, en promedio perduramos, no necesariamente vivimos hoy. No
vamos a decir que estábamos mejor en las cavernas pero sí que los
avances, en algunos aspectos fundamentales, son ilusorios. El supuesto
progreso es relativo y esencialmente insignificante hablando en términos
de civilización porque si bien es cierto que podemos curar muchas
enfermedades, también es cierto que hemos desarrollado otras nuevas
producto de la vida artificial, vertiginosa que hemos elegido y del
envenenamiento planetario que estamos consumando o, quizás, relacionadas
con secretos e inconfesables experimentos clasificados. Enfermedad
significa dependencia, lo opuesto a la libertad. Es cierto además que
desarrollamos la ciencia y la tecnología casi al punto de regresar al
politeísmo, sin embargo no hay ingenio humano capaz de compararse con un
simple mosquito, esos pobres insectos que aplastamos todos los veranos. La
más presuntuosa y sofisticada creación humana no tiene nada que hacer
frente a una pulga. Sin exagerar en lo más mínimo,
la realidad es que no somos capaces de crear un diminuto organismo
que pueda alimentarse, reproducirse, adaptarse, competir en su ecosistema
y sobrevivir al paso de los siglos. Podemos, en cambio, duplicar o clonar
lo que ya está hecho a partir de una muestra pero el organismo original
permanece inaccesible al entendimiento humano, si no fuese así ya no
existirían enfermedades ni vejez. Sin embargo idolatramos y nos dejamos
encandilar por los logros tecnológicos, cada vez dependemos más de ellos
y pese al pretexto de la supuesta mejora en la calidad de vida, esa
dependencia nos resta libertad. Ya casi no hay tiempo para nosotros
mismos, ahora nuestro acompañante es un celular y nuestra sonrisa un icono
gestual dentro de algún chat o un montón de pixeles en una
videoconferencia. Poco a poco vamos reemplazando la presencia real por la
virtual, esto nos aleja a unos de otros en lugar de acercarnos, hablamos
mucho sin entendernos mejor. El efecto de esta tendencia en la celda básica
de la sociedad, la familia, es nefasto pues consume el tiempo antes
disponible para la convivencia y esparcimiento, para el afecto y la
educación familiar y lo suplanta por horas vacías frente a un monitor
cargado generalmente de agresividad y violencia que inevitablemente será
volcada en el tejido social.
El camino adictivo que impone la tecnología en muchos aspectos nos aísla,
hipnotiza y, por lo tanto, nos hace más dependientes, nos aleja del buen
camino, es decir, el que conduce a la verdadera libertad.
Estamos acostumbrados a interpretar la libertad en los términos clásicos;
libertad de movimiento, pensamiento, reunión o expresión y evaluamos el
grado de libertad basándonos en esas definiciones. Por lo tanto,
pareciera que la libertad se extingue a medida que la vida transcurre; un
anciano ni piensa ni tiene la capacidad motriz de un joven, es más
dependiente o menos libre. Socialmente
hablando, el castigo que imponemos a quien transgrede la ley es la privación
de la libertad, limitamos su capacidad de movimiento a una celda. Si
comparamos estas dos situaciones, la del anciano y el preso, no queda
alternativa más que concluir que la vida nos castiga al final de nuestros
días. Nos parece normal que así sea, decimos que es la ley de la vida;
nacer, crecer, envejecer y partir. Pero en nuestro interior sabemos que no
es así, la vida no es una pesadilla, es una oportunidad que sólo puede
aprovecharse si despertamos. Estamos presos en esta diminuta esfera
azul-celeste porque lo deseamos, ya que la puerta de nuestra celda esta
abierta y el único carcelero que la vigila es el temor. Tememos ser
realmente libres por las responsabilidades asociadas, prejuzgamos la
libertad real y preferimos seguir soñando con la igualdad o la democracia
o la verdad en las palabras. Más allá de las expresiones de deseo, los
acuerdos firmados y las palabras solemnes, lo que realmente vivimos es una
gran mentira. Existe un abismo entre lo que proclamamos y lo que hacemos,
el mismo que hay entre el sueño y la vigilia. Somos todos iguales y
buscamos la manera de diferenciarnos, somos libres y nos negamos a
aceptarlo, podemos ser veraces y elegimos mentir. Esto sucede porque
ignoramos para qué estamos aquí. De la ignorancia nace el temor, padre
de la mentira. La corrupción, falsedad, hipocresía, y la especulación
permanente contaminan las
relaciones humanas, las distorsionan en todos los niveles y nos sumergen
en una espiral de confusión donde prevalece el sálvese quien pueda,
donde parece no haber salida. Tal vez a esto se refería nuestro amado
Maestro de Maestros cuando dijo, “...sólo la verdad os hará
libres...”
La verdad es que somos una gran familia, la familia humana y en lugar de
pelear por pedacitos de un planeta que no nos pertenece, deberíamos abrir
los ojos, despertar y centrarnos en todo aquello que nos une, darnos
cuenta que lo que hacemos y vivimos no coincide con lo que imaginamos, no
somos tan buenos ni inocentes como pretendemos. Insistimos en usar una
camiseta distinta para nuestras preferencias religiosas, otra para el
sistema o partido político y alguna más para algún equipo deportivo,
sin embargo, todos buscamos lo mismo y creemos que nos podemos engañar
usando las mismas artimañas para conseguir nuestros propósitos. Cada uno
sabe la verdad, conoce sus miserias, dispone de libre albedrío para
deshacerse de ellas y encaminarse a la libertad verdadera. No basta con
cantar, poetizar o idolatrar la libertad ni construir estatuas para ser
libres como tampoco es suficiente leer todos los libros para ser sabio. Hay
que vivirla en lo cotidiano pero antes habrá que deshacerse de los miedos
que paralizan. Aunque los queramos ocultar, nuestros temores se reflejan
en las palabras, en la mirada y en cada acción. Despertar duele tanto
como abrir los ojos a quien ha vivido milenios de oscuridad, pero no hay
alternativa, existe una realidad bellísima esperándonos y nosotros todavía
dudamos en emprender el camino de retorno. Vivimos en la cultura del temor
y la duda, somos gobernados por la industria de la seguridad que no hace
otra cosa más que explotar el miedo y las dudas que albergamos. Nadie está
a salvo mientras tema, pues son los mismos pensamientos los que crean las
circunstancias para que suceda lo que tememos, inexorablemente como causa
y efecto. Para encontrar el camino que conduce a la libertad real, primero
hay que abandonar ese mundo regido por el temor y apostar todo al Amor,
sin miedo confiar en el Amor y ponerlo de manifiesto en todas las formas
en que seamos capaces, sin especular, sin esperar, sin importar lo que
digan o hagan los demás. Quien ama de verdad es invulnerable y tiene una
fortaleza invisible a su alrededor. Somos tan frágiles que tememos amar,
creemos que podemos perderlo todo porque suponemos, dadas las
connotaciones de la palabra Amor, que amar es ser blandos,
condescendientes, crédulos, ingenuos y, por ende, vulnerable a quienes
pretendiesen aprovecharse de nosotros. Si así fuese, suponemos mal y el
error está en imaginar la situación futura con la mentalidad presente
donde todavía hay temores arraigados profundamente. El traspaso a la
cultura del Amor es gradual y autosostenido, más amamos, menos miedo
tenemos. Obviamente estamos hablando aquí del amor incondicional e
impersonal. En realidad, nada podemos perder porque nada nos pertenece. Una
computadora, un lujoso avión, un satélite o un carro no son más que un
puñado de tierra moldeado por nuestra mente, pertenecen al planeta y aquí
siempre se quedarán. Si durante la transición del temor al Amor
desaparecen objetos o personas de nuestro mundo personal es porque siguen
caminos que no son paralelos al nuestro. De cualquier manera, transitar el
camino hacia la libertad mediante la práctica del Amor nos garantiza una
vida feliz, abundante y sana. Dadas las limitaciones propias del lenguaje
y para evitar ambigüedades es mejor aclarar que aquí llamamos Amor a la
energía universal, base y aliento de la Vida, entonces, cada vez que
amamos, ganamos vida y esto se manifiesta no sólo en perfecta salud, buen
humor y alegría sino también en las actitudes; fe inquebrantable,
seguridad en las decisiones, firmeza en el pensamiento y perseverancia
ilimitada.
El viaje de regreso a la libertad real tiene paisajes poco conocidos y
asombrosos porque mucho de lo que antes hubiésemos considerado fantasía,
cobra realidad, lo que parecía imposible deja de serlo. Sucede porque
cada vez tenemos más energía y nos vamos reintegrando a nuestro estado
original de armonía con la Naturaleza y su Creador, aunque vivamos en una
ciudad. Estas vivencias son absolutamente intransferibles, nadie que no
las viva podría entenderlas pero son estrictamente reales aunque vedadas
a quien permanece en la oscuridad, cercado por el temor y la desconfianza.
Tenemos la libertad básica y necesaria para emprender el camino, tenemos
también un impresionante apoyo que no percibimos con los sentidos físicos.
Esto es parte de las gratas sorpresas que encontramos cuando iniciamos el
camino. La decisión es personal, no podemos convencer a nadie de lo increíble
y maravilloso, ni justificar, ni siquiera compartir nuestra experiencia
con quien no podría comprender, a veces hasta es necesario reprimir el
impulso de insistir a quien no quiere escuchar. Hay una revolución
silenciosa, justamente entre las personas menos notables, las que todavía
tienen algo de tiempo para
reflexionar y, en consecuencia, algo más de libertad. Son las personas
que siguen los dictados de su corazón, sede natural del amor
incondicional.
No es casual que encontremos la libertad a través del Amor porque la
libertad es la esencia del Amor y la consecuencia es la felicidad. El Amor
nos une, a través del Amor se produce el reencuentro sin buscarlo, pues
todos los caminos que conducen a la libertad son paralelos.
Como cualquier camino, el que nos lleva hacia la libertad también tiene
puentes y, a veces, sobre profundos abismos que nos dan idea de lo bajo
que habíamos caído y, al mismo, tiempo dan noción de cuánto hemos ascendido.
La
siguiente grata sorpresa es el desarrollo de la intuición y los poderes
adormecidos. La percepción de la vida se amplía de manera fantástica,
la visión de la humanidad cambia drásticamente y, a partir de ese punto,
cada vez pensamos menos en nosotros mismos y más en todos. Sentimos que
estamos unidos. Claramente percibimos que la vida está manifestada
incluso en lo que antes parecía inanimado, intuimos que hay lazos
invisibles que nos conectan no sólo entre nosotros sino también entre
todo lo manifestado, desde los animales hasta las piedras, sabemos que
nuestras acciones y pensamientos a través de esos lazos afectan al todo,
por eso a partir de ese momento somos conscientes de la responsabilidad de
dar lo mejor, pues de otra manera estaríamos interfiriendo en la armonía
reinante. Un poco más adelante nos percatamos de que podemos comunicarnos
con el entorno e incluso establecer un diálogo. Cuanto más avanzamos por
el camino a la libertad, más despertamos y menos comunicación con el
hombre dormido habrá, dejamos de soñar con la libertad y empezamos a
vivirla. Podemos desplazarnos con fluidez por el mundo de la mente y
seleccionar los pensamientos más elevados que serán nuestra guía en el
siguiente trecho. Descubrimos que existen elevadas dimensiones de vida,
mundos completos que no tienen manifestación material. Ciudades de luz
con habitantes cuya presencia nos infunde la más profunda confianza y una
sensación de amistad-hermandad jamás conocida en la dimensión
terrestre, allí nos sentimos en casa y somos bienvenidos como si nos
hubiesen estado esperando desde siempre, como se espera a un querido
viajero que partió hace muchos años.
De
ninguna manera podríamos contarle esta experiencia a un hombre dormido, pues aunque escuche y entienda, en el mejor de los casos,
creerá que se
trata de un relato de ciencia-ficción y, en el peor, creerá que estamos
poco menos que locos.
Durante
el reciente maremoto en Asia, cuando un tsunami arrasó las costas en
tierras continentales e insulares de varios países, causando la peor tragedia que recuerde la humanidad moderna, los sismógrafos registraron
el terremoto en las profundidades marinas y predijeron
las zonas que se verían afectadas, pero dada la velocidad y la
magnitud del fenómeno natural no hubo posibilidad de advertencia con
tiempo suficiente y la catástrofe no pudo evitarse. Cabe preguntarse de
qué sirve la tecnología frente a la Naturaleza. Días más tarde,
durante el proceso de salvamento, los rescatistas de las fuerzas
internacionales, recorrieron minuciosamente las costas en busca de víctimas.
Al llegar a unas pequeñas islas habitadas por indígenas se asombraron de
que todos los integrantes de la tribu estuvieran ilesos. El jefe de la
misión de rescate ,sorprendido, buscó un intérprete para averiguar cómo
supieron lo que iba a pasar, pero la respuesta lo dejó más sorprendido aún,
ya que el jefe de la tribu dijo que dos semanas antes del maremoto, un sapo
les avisó de lo que iba a suceder y ellos se retiraron a las alturas de los
cerros de la isla salvándose de perecer con la gigantesca ola. Esto
sucedió en verdad. Para los habitantes de esa tribu como para la mayoría
de los “no civilizados” que están en contacto permanente con la
Naturaleza y desconocen la tecnología al punto de lanzarle flechas a los
aviones que sobrevuelan su isla, hablar
con los animales y las plantas es algo cotidiano. Ellos no tienen el
prejuicio de que no es posible conversar con un sapo, nadie les inculcó
que es anormal conversar con quien supuestamente no puede entender,
simplemente no razonan y se manejan por canales intuitivos, la comunicación
no se da en un nivel racional. Pero la intuición de un hombre dormido
también está dormida, está limitado al uso de la razón y allí cree
que termina todo, por eso decirle que estuvimos charlando con un sapito es
como un insulto a su razón y jamás podrá aceptarlo aunque haya pruebas
contundentes de que gracias a los consejos del sapito y a una mente libre
de prejuicios y capaz de comprender, se hayan salvado cientos de vidas.
En
la historia olvidada tenemos muchos ejemplos de investigadores, serios y
reconocidos por sus contemporáneos, que se adelantaron varias décadas a
su tiempo y gracias a la libertad con que pensaron les fue posible arribar
a conclusiones asombrosas. Uno de estos científicos fue J. Chandra Bose, nacido en 1858 en la India,
médico de la Universidad de Londres, quien se dedicó a estudiar las plantas,
demostrando que tienen un sistema
nervioso comparable al de los animales. Esto que en apariencia no es
importante fue lo que sirvió de base a investigadores posteriores como Cleve Backster,
quien demostró
decenas de veces, y sigue demostrando, frente a distintos auditorios que
las plantas tienen memoria y sentimientos, son capaces de reconocer
personas y perciben nuestras emociones. Dicho en otras palabras: podemos
hablar con las plantas con la certeza de que nos escuchan y no sólo
entienden sino que, con el equipo adecuado, podrían responder a nuestras
preguntas. Sin embargo, este conocimiento sólo se ha empleado con fines de
productividad, buscando sacar mejor provecho en las cosechas.
La
Naturaleza nos habla y no queremos escuchar, preferimos la soberbia y la
jactancia que conducen a la dependencia, elegimos vivir en una cárcel de
oro o en la miseria con el mejor saldo bancario.
El
camino a la libertad es interior. No podemos cambiar el mundo pero sí
nuestro mundo personal. El punto de partida es revertir la actitud de
pedir para comenzar a dar tanto Amor como seamos capaces.
La
primera recompensa a quien se atreve a levar anclas, izar velas y orientar
la proa de su vida rumbo a la libertad real es el acceso a la fuente de la
sabiduría. Lejos quedarán las costas conocidas y el horizonte gris, en
tierra firme dejará los disfraces usados para representar el drama humano
y las ilusiones de libertad. Guiado
por la mano firme en el timón, navegará por océanos de luz y nunca estará
solo, a su lado otras naves lo escoltarán al mando de valientes capitanes
que, como él, vencieron a la
legión de fantasmas liderados por el temor.

©
Santiago Vázquez
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