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"La importancia del Amor"
(3 de agosto de 2006)
Todos comemos, bebemos y
dormimos cada día. ¿Todos? No, todos no. Diariamente vemos en televisión las
penurias que sufren aquellos que ansían llegar a tierra firme para legalizar
su situación algún día y disfrutar de los privilegios que todos deberían
tener en cualquier lugar del mundo. Son seres humanos iguales que nosotros.
No quiero decir: "¡Todos para España!", pero sí "tenéis los mismos derechos
que nosotros". Derecho a un trabajo digno, a una vivienda digna, derecho a
comer, derecho a no beber agua putrefacta, derecho a ser seres humanos con
todas sus necesidades cubiertas, ya sea en España, Portugal, Francia o
Alemania, por poner un ejemplo.
Me molesta y entristece la insensibilidad de ciertas personas respecto a
este asunto. Estamos tan acostumbrados a verlo por televisión... La verdad
es que no sabemos lo afortunados que somos. Nos pasamos el día quejándonos
de esto y de aquello, sin ser conscientes de que somos unos "privilegiados".
¿Qué más necesitamos? Siempre queremos más y más. ¡Necios! Hay personas que
a cada segundo se mueren de hambre, de sed, de enfermedad, sin ninguna
atención médica. Y nos pasamos el día pensando en qué bañador nos
compraremos para las vacaciones, en qué camisa nos pondremos el día de la
boda del primo fulanito, en ampliar la memoria de nuestro ordenador, en si
Víctor o Silvia se han fijado en nosotros, en si deberíamos cambiar ya los
sillones del salón o el coche... ¡Qué insensatos y duros de corazón somos!
Mientras hay seres humanos, iguales que nosotros, con sentimientos, con
maridos y mujeres, con hijos, con ilusiones, que se mueren a cada instante,
esta civilización nuestra se preocupa de los absurdos pormenores -y de
muchos otros- que acabo de mencionar. ¡Qué ciegos estamos!
Siempre queremos más y difícilmente nos conformamos con lo que tenemos.
Demos gracias a Dios -si es que creemos en Él- por lo que tenemos. Seamos
más humanos, empaticemos más con nuestros semejantes porque quizás, nunca se
sabe, los que podemos vernos en la calle somos nosotros. La vida da muchas
vueltas y nadie está a salvo de la ruina. Muchos "poderosos" han acabado sus
días a los pies de una alcantarilla, lamidos por perros y gatos que, a decir
verdad, son, en muchas ocasiones, más humanos que nosotros.
Todos los grandes del espíritu han hecho hincapié en un mismo punto: la
compasión. Si tú ves a una persona que sufre, ayúdala, y si no está a tu
alcance el hacerlo, al menos siente compasión por ella en tu corazón y
envíale todo tu amor. Quizás, mañana, el que necesite esa compasión seas tú.
No vivamos de espaldas a la realidad. Es cierto que poco o nada podemos
hacer por esas personas que sufren tan cruelmente, pero en nuestro interior
sí que podemos manifestarles nuestra caridad y misericordia.
En esta sociedad tan deshumanizada y materialista, palabras como compasión,
caridad, misericordia, amor... suenan a cuento chino -con permiso de éstos
últimos-. Son sentimientos que casi se han olvidado, han quedado obsoletos,
pasados de moda...
Y lo triste y al mismo tiempo importante es que son la base de nuestra
existencia. ¿Recuerdan ustedes -los aficionados al tema- qué es lo que el
Ser luminoso les pregunta a las personas que han experimentado una
Experiencia de Vida después de la vida? Yo se lo recuerdo con mucho gusto.
Las preguntas suelen ser: ¿Has aprendido a amar? ¿Qué has hecho por tus
semejantes? ¿Qué puedes enseñarme de tu vida que merezca la pena?... Esas
son las preguntas más frecuentes que el Ser luminoso les hace a esas
personas en trance de muerte. Durante estas experiencias, las personas que
las experimentan se dan cuenta de cuál es el sentido de la vida, de para qué
estamos aquí. Todas llegan a la misma conclusión: lo que más le importa a
ese Ser es el amor que hemos dado, el cómo nos hemos comportado en nuestra
vida, la importancia del amor.
Recuerdo ahora unas palabras de esa obra ya mítica de J.J.Benítez, "Caballo
de Troya 1". En esa obra, el protagonista le pregunta a Jesús: "Pero
Maestro, ¿qué es el amor?" Y Jesús le responde: "Amar es dar, desde una
mirada hasta tu propia vida"... Creo que no se puede decir tanto en tan
pocas palabras.
Podemos amar y debemos amar. Una persona sin amor es como una planta muerta.
El amor es el perfume del alma, es el aroma que embriaga los sentidos del
espíritu, es la esencia misma de la vida, es el sentido del alma.
Si todos actuásemos con amor en todos los actos de nuestra vida, el mundo
sería muy diferente. Por eso, este querido planeta llamado "Tierra" es un
planeta inferior espiritualmente, un planeta "infierno", donde venimos las
almas que no hemos aprendido la lección del amor, salvo aquellas que vienen
voluntariamente para cumplir una tarea que les es encomendada. Pero éstos
últimos son los menos. La mayor parte venimos a aprender a amar, a
despojarnos de los "vicios" del alma, a desquitarnos de las imperfecciones
del espíritu. Desde muy joven lo decía... "La vida es la Universidad del
alma". Aquí venimos a aprender, a evolucionar, a perfeccionar nuestra
alma... ese es el sentido de nuestra vida. Y mientras vivamos de espaldas a
nuestros semejantes, mientras miremos con indiferencia al que sufre,
mientras que veamos pateras y cayucos con dureza de corazón, mientras
vivamos acomodados egoístamente en nuestra poltrona estaremos perdiendo una
preciosa oportunidad. Entiendo perfectamente a los misioneros/as... ¡Qué
gran obra, qué gran labor! En su día, Dios les recompensará con creces. Lo
paradójico es que también nosotros podemos convertirnos en misioneros del
amor, cada uno en su sitio, cada uno en su esfera, cada cual donde el "Jefe"
le haya situado. Todos somos eslabones de una misma cadena y todos tenemos
cosas importantes que hacer.
Vigilemos nuestras obras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y
emociones, nuestras omisiones porque como dijo San Juan de la Cruz: "Al
atardecer de la vida nos examinarán del amor"...
Que Dios, el que todo lo ve, nos guíe por buena senda. Él ya lo hace,
pero... ¿nos dejamos? ¿Seguimos el camino que Dios desea para nosotros? A
Dios no le importa qué religión profesemos o qué creencias tengamos. A Dios
lo que realmente le importa es cómo somos interiormente, cómo obramos, cómo
pensamos, cómo sentimos, en definitiva, cómo somos como personas. Yo diría
que Dios no entiende de religiones. No le importa si somos budistas,
musulmanes, cristianos o judíos. Lo que Él valora, a tenor de las
experiencias que antes he referido y que se cuentan por miles en todo el
mundo, es cómo somos como seres humanos, cómo nos comportamos, cuánto amor
damos. No se interesa por si vamos a Misa o si nos sabemos el Corán de
memoria. Esas cosas no le interesan.
Les aseguro que existe un Ser Supremo. Que cada cual le llame como mejor le
parezca, al que le debemos un respeto y que ve todo lo que hacemos, pensamos
y sentimos. ¡Y pensábamos que nadie nos veía! ¡Pobres mortales! En todo
momento, Dios escudriña nuestro corazón y nuestros pensamientos. Démosle la
alegría de hacer lo que más le agrada: AMAR. Que Él les acompañe.

Santiago Vázquez
Madrid, a 3 de agosto de 2006


© Santiago Vázquez
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