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El
"abuelo
Pepe",
Don José Gomariz Precioso, fue una gran persona, Primer Teniente de Alcalde
de Hellín (Albacete) y rico empresario en el negocio del esparto. Siempre
ayudó a quien se lo pidió. A él acudían sus trabajadores, asalariados y
ciudadanos en busca de un consejo, unas palabras de aliento, un aumento de
sueldo para dar de comer a una humilde familia compuesta por varios hijos,
un favor, una súplica, una ayuda… Los jóvenes, entre los que ya casi no me encuentro, pecan, en algunas ocasiones, de ingenua ignorancia, de pretendida sabiduría, de un mal entendido sentido de la libertad, de una rebelde soberbia, de un ridículo orgullo… A esas edades, uno se siente pletórico, lleno de sí, como Di Caprio cuando se agarra a la proa del Titanic y exclama enfervorizado: “¡Soy el rey del mundo!”...
“La
experiencia es la madre de la ciencia”, y la experiencia solo se adquiere
con los años.
En
este putrefacto mundillo “del Misterio”
en nuestro país
–porque ahora mismo no tiene otro calificativo- reina, como
supongo en otros sectores, el “Deporte Nacional”: la envidia
y, además, la falta de compañerismo,
salvo excepciones muy contadas.
He
descubierto
hace algún
tiempo
que es un
gran pecado el destacar
en mayor o menor medida.
Y
en cierta forma lo entiendo. Es humano y lógico, aunque no moral ni
correcto.
El 4 de
noviembre de 2007 enterrábamos a mi queridísimo y venerado maestro Don
Germán de Argumosa y Valdés. Fue duro. En el velatorio, al ver el cuerpo de
Don Germán, no le reconocía, no parecía él, cosa que suele pasar. De allí al
cementerio en una soleada y especial tarde de domingo que jamás olvidaré.
Pocos asistentes. Al parecer, así lo quiso él. No había cámaras
ni
micrófonos (aunque
algunos lo esperaban),
solo (¿solo?) unos pocos corazones para darle el último adiós. (Gracias a
todos ellos.) Cuando bajaron el féretro y empezaron a echar tierra sobre él,
me dieron ganas de tirarme a la fosa, agarrarme al ataúd y que también me
echasen la tierra a mí junto a él; me pareció una “traición” dejarle allí,
tan solo, tan frío, después de todo el “calor” que él dio a tantos miles de
personas a través de sus numerosísimas intervenciones en radio y televisión.
Maldita sea la muerte. Pero es ley de vida y hay que seguir. Seguro que el
profesor quiere que sigamos trabajando en nuestra línea, imitada por
algunos.
Se dice: “juventud, divino tesoro”, pero yo hoy lo invierto y
digo: “vejez, divino tesoro”. Mucho tenemos que aprender de los “viejos”,
mucho, tanto que, en muchas ocasiones, no estamos preparados, no tenemos la
humildad necesaria para aprender de un pobre viejecito decrépito… Bien, pues
ese anciano, quizás ya desdentado, con principio de demencia, casi ciego,
tiene mucho que enseñarnos; estamos tocando con los dedos la esencia de la
experiencia, de mil fatigas, de innumerables noches de insomnio, de jornadas
enteras castigadas con el rigor del hambre, la sed, el frío, el calor, el
cansancio, hondas preocupaciones a lo largo de decenas de años… Amemos a nuestros “viejos”. ¿Qué palabra más fea, verdad? Pues no, no es fea, es preciosa. Yo, con casi treinta y cinco años que cumpliré en febrero, quisiera ser ya viejo, habiendo vivido una vida digna, merecida, bien empleada, fructífera, plagada de actos de amor… Y ya, en la vejez, ocaso de la vida material, decir como el Nazareno en la cruz: “Padre, todo está consumado”, “En tus manos pongo mi espíritu”… Ese día, le pido a Dios, será glorioso para mí. Espero que para ustedes también. Que Dios, que todo lo ve, bendiga a nuestros “viejos” y que nos deje contagiarnos de su más esencial sapiencia…
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